Las montañas de arroz (Sapa, Vietnam)

Al final la excursión a Sapa ha merecido la pena.

Bien temprano, nuestra guía nos ha dado el toque de diana para salir a caminar por las montañas. Entre barrizales, terrazas de cultivo de arroz y bosques de bambú hemos ido recorriendo la distancia que separa Sapa de Lao Cai intentando no despeñarnos por el camino, con la ayuda de varias mujeres locales que se te van uniendo y te dan la mano en los tramos más peligrosos para luego pedirte una propinilla.

La niebla nos ha acompañado todo el trayecto, pero de vez en cuando un rayo de sol dejaba entrever las enormes montañas que flanqueaban la zona y resaltaba el verde de los arrozales.

Prácticamente podríamos decir que hemos hecho un tour privado, porque nuestro único acompañante era Alejandro, un barcelonés con el que hemos arreglado el mundo y la economía española a lo largo de todo el día. Se agradece cambiar del tema de vez en cuando y no sólo compartir experiencias viajeras.

Entre pollos, gallinas, bueyes y cerdos vietnamitas, el camino se hace ameno y, ante la diversión de la gente local, nos hemos dejado los dedos disparando fotos a todo animal que se cruzaba ante nosotros (somos más urbanitas que el carril bici) y a las mujeres de las diferentes etnias de los poblados cercanos.

El día ha terminado a las dos de la tarde, en un pueblo donde Cristo perdió la alpargata, con un máximo de 20 casas desperdigadas por la montaña, donde los locales se ganan la vida alquilando habitaciones a los turistas y donde los tres compartiremos habitación esta noche. Y aquí, entre cafés, cervezas y debates políticos, hemos echado el día rodeados de montañas bañadas por la niebla.

PD: Estamos bien.

Audio recomendado: Hort mort, de Joan Colomo

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Excursión dominguera (Sapa, Vietnam)

Cuando contratas excursiones concertadas siempre tienes la sensación de que te están timando. Por esta zona es muy común que, cuando llegas al tour, se te unan otros grupos que vienen de otras agencias. Por supuesto, en esos grupos siempre hay alguien que consiguió la misma excursión más barata que tú, pero son los menos, porque MifielescuderoSancho es el rey del regateo, así que normalmente conseguimos un buen precio aunque, al llegar a la excursión y ver en qué consiste, acabamos pensando que podríamos haber pagado menos.

La excursión de hoy nos llevaba a Sapa, en las montañas del noroeste de Vietnam y la cosa ha empezado, cuanto menos, peregrina, cuando nos hemos subido a un autobús con asientos cápsula. Consistía en asientos totalmente reclinables con una especie de cueva donde meter los pies, sin espacio para dejar ni una pequeña mochila. Yo, al final, le he cogido el gusto y me he echado una buena siesta, pero porque soy de tamaño reducido, el pobre chileno de 1’80 que viajaba a nuestro lado no sabía dónde meter los pies.

Después de seis horas enlatados, por fin llegamos a Sapa donde nos esperaba un trekking de seis kilómetros (facilito para empezar) para ver una cascada (después de Iguazú cualquier cascada parece un escupitajo), las terrazas de arroz y un pueblecito donde  vive una de las etnias de la zona. A mí con estas cosas siempre me queda un sabor agridulce. Me encanta poder descubrir nuevas culturas y ver cómo viven otras personas pero, cuando veo a niños de dos años alargando la mano y diciendo “money” o vendiendo pulseras me planteo si esto de viajar no se nos está yendo un poco de las manos.

PD: Estamos bien.

Audio recomendado: Walk the Furrows, de Bowerbirds

 

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El punto de partida

Para todo hay un comienzo. Tal vez no sepamos dónde está el fin, pero siempre sabemos dónde está el punto de partida. Esta hoja en blanco me pide a gritos que escriba sobre una aventura que hace un tiempo ya comenzó. 
[...]

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¿Salimos a jugar? (Hanoi, Vietnam)

El gallo ha vuelto a despertarnos al amanecer, pero esta vez no nos ha importado. Con nuestro nuevo horario geriátrico ya llevábamos durmiendo 8 horas cuando ha empezado el cacareo. Además tampoco faltaba mucho para que sonara el despertador, pues hoy tocaba volver a Hanoi.

Nos dejamos un Hanoi caótico y un poco fresquito y lo hemos encontrado encantador y veraniego.

Los sábados, las motos se aparcan para salir a jugar. Las calles que rodean al lago, antes ruidosas y llenas de motos hasta el infinito, se cortan al tráfico y se convierten en salones de juegos. Las chicas se ponen sus mejores vestidos para salir a saltar a la comba o las cañas de bambú, a jugar a puzzles o al dominó o a un juego muy curioso con piedrecitas. Las parejas aprovechan para hacerse sus fotos de boda con las últimas luces del atardecer reflejadas en el lago, los niños montan es coches y motos eléctricos y hasta los gatos son sacados a pasear.

Por las calles que, un par de días antes, intentábamos cruzar sin ser atropellados, ahora paseamos tranquilamente, parándonos a cada paso ante una nueva actividad. Y es que, cuando se bajan de la moto, los vietnamitas son encantadores, como lo son sus costumbres. Como las marionetas acuáticas que hemos visto en el teatro. ¿Habrá espectáculo más entrañable? Una delicia para entretenerse un sábado tarde.

Y, al caer la noche, las motos siguen recluidas, porque las calles se convierten en un hervidero de puestos callejeros (con lo que me gusta un mercadillo!), en música y bailes al aire libre, en puestos de comida y en un ir y venir de gente regateando.

Me gusta cuando Hanoi se viste de sábado.

PD: Estamos bien.

Audio recomendado: La primavera, de Delafé y las flores azules.

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